Parashat Ki Tavó / כי תבוא / Cuando entres: “La bendición de ser una bendición”

  • Ki tavó (כי תבוא | Cuando entres)
  • (24 de septiembre, 2016 | 21 de Elul, 5776 | כא באלול תשע”ו)
  • Torá: Deuteronomio 26:1-29:9 (8)
  • Haftará: Isaías 60:1-22
  • Evangelio: Lucas 23:26-56

Resumen

bendición“Y sucederá que cuando entres [ki tavó] en la tierra que el Señor tu Dios te da por heredad… tomarás las primicias de todos los frutos del suelo que coseches en la tierra que el Señor tu Dios te da, y las pondrás en una cesta, e irás al lugar que el Señor tu Dios haya escogido para hacer habitar allí su Nombre.” (Deuteronomio 26:1–2)

La semana pasada, en la Parashat Ki Tetzé, Dios dio a los israelitas 74 de los 613 mandamientos que se encuentran en la Torá, muchos más que en cualquier otra porción de la Torá.

Estas leyes parecen en su mayoría preocupadas por la protección de los miembros más débiles de la sociedad. Ellas incluyen las leyes relativas a la cautiva agraciada, a pagar a los trabajadores en el tiempo oportuno, y a dejar una porción de la cosecha del campo a la viuda, al huérfano y al extranjero.

Esta semana, en la Parashat Ki Tavó (cuando entres), Dios instruye a Israel a llevar los primeros frutos maduros (bikurim) al santuario principal una vez que los israelitas finalmente hayan entrado en la tierra Él les prometió. 

Esto debe haber sido un alivio para los hijos de Israel, al escuchar que su prolongado viaje de 40 años a través del terrible desierto estaría finalmente llegando a su fin. Estaban a punto de cruzar hacia la tierra prometida.

De hecho, la palabra en hebreo para un hebreoIvrí, que proviene de la raíz I-V-R (ע-ב-ר), que significa cruzar. En un sentido espiritual, cualquier persona que ha cruzado al Reino de Dios es un Ivrí.

Por esta razón, tal vez, Pablo dijo que ser judío es una cuestión de tener un corazón circuncidado más que de tener la carne circuncidada. Él de ninguna manera estaba negando la circuncisión; estaba enfatizando que, para cruzar hacia el Reino de Dios, tiene que haber un cambio interno. Aquellos que adoran a Dios, le adoran a Él en espíritu y en verdad.

“Sino que es judío el que lo es en lo interior, y la circuncisión es la del corazón, por el Espíritu, no por la letra; cuya aprobación no proviene de hombres, sino de Dios.” (Romanos 2:29)

La experiencia en el desierto era tan desafiante y determinante que los futuros textos rabínicos consideran cualquier desierto físico o espiritual como un enemigo a superar. Nuestro desafío es caminar a través de los momentos de desierto en nuestras vidas y ser transformados de manera que podamos entrar en la Tierra Prometida.

Ki Tavó promete que la obediencia a Dios será recompensada. Estas recompensas incluyen protección Divina, prosperidad y bendiciones en las familias y generaciones futuras.

La desobediencia y rebelión contra Dios, no obstante, repercuten en un castigo; la Palabra de Dios hace una lista de 98 advertencias escalofriantes que ocupan la mitad de esta Parashá. Estas incluyen enfermedades, plagas, pobreza, hambre, esclavitud y ser derrotado por los enemigos.

Por esta razón, la Parashat Ki Tavó ha sido llamada “el capítulo de amonestación”, y el lector de la Torá, que tradicionalmente canta la porción de la Torá de acuerdo a un patrón cantarín, en vez, corre por todo el relato de las temidas maldiciones en voz baja, en tono temeroso.

No necesitamos ir muy lejos para ver que el pueblo judío ha sido bendecido por el Dios Todopoderoso como Él prometió; pero también han tenido más que su justa parte en sufrir durante siglos debido a las maldiciones de la ley que entran en juego a causa del pecado (Deuteronomio 28:15-68).

Teviah, el padre en la película El violinista en el Tejado, expresó este sentimiento con tanto humor después que su caballo quedó cojo justo antes del Shabat: “Dios, sé que somos tu pueblo elegido, pero… ¿No podrías elegir a alguien más para un ¿cambio?”

Hay algunos que siguen a Yeshúa HaMashíaj (Jesús el Mesías), pero creen que nuestro destino en la vida es sufrir estas maldiciones junto con el resto del mundo; sin embargo, la Palabra de Dios nos dice algo diferente.

Como hijos del pacto de Dios, disfrutaremos de Sus bendiciones en nuestras vidas si estamos caminando en obediencia a sus mandamientos.

“El Mesías nos libertó de la maldición pronunciada por la ley, cuando él fue colgado en el madero, tomando sobre sí mismo la maldición de nosotros por nuestros errores, como está escrito.” (Gálatas 3:13)

Las bendiciones vienen de ser una bendición

“Y dirás en presencia del Señor tu Dios: He apartado de mi casa lo consagrado, y también lo he dado al levita, al extranjero, al huérfano y a la viuda, conforme a todo tu mandamiento que me ordenaste. No he transgredido tus mandamientos ni los he olvidado.” (Deuteronomio 26:13)

Si no estamos obedeciendo este mandamiento, entonces tenemos poca base bíblica sobre la cual esperar las bendiciones de Dios en nuestras finanzas.

Dios promete que, si le obedecemos en dar nuestro diezmo, Él reprenderá al devorador por nosotros y bendecirá nuestras finanzas.

“Os alejaré al devorador, y no os destruirá el fruto de la tierra ni os hará estéril la vid en el campo, dice el Señor de los Ejércitos.” (Malaquías 3:11)

Pero lo contrario también es cierto: si no somos capaces de dar a Dios la “porción sagrada” de nuestros ingresos, entonces estamos rompiendo el pacto por “robar a Dios.” Cuando no somos capaces de diezmar, damos al devorador rienda suelta para causar estragos y destruir nuestras finanzas.

Mientras que Yeshúa ha retirado de nosotros la maldición de la ley, no ha retirado de nosotros la obligación de seguir su ejemplo para vivir una vida santa. Cuando entendemos que estamos caminando en el pecado en algún área, debemos arrepentirnos y volver a Él.

Al dar el diezmo de nuestros ingresos, al santuario (kadosh), lo retiramos de nuestra posesión, volvemos a Dios de muchas maneras y Él retorna a nosotros.

Desde los días de vuestros padres os habéis apartado de mis estatutos, y no los habéis guardado. ¡Volveos a mí, y Yo me volveré a vosotros!, dice el Señor de los Ejércitos. Pero vosotros decís: ¿En qué nos hemos de volver? ¿Robará el hombre a Dios? ¡Pues vosotros me habéis robado! Pero decís: ¿En qué te hemos robado? ¡En los diezmos y en las ofrendas! ¡Me habéis maldecido con maldición, porque vosotros, la nación toda, me estáis robando! (Malaquías 3:7-9)

En el judaísmo, la entrega de la tzedaká (caridad) es considerada como una importante mitzvá (mandamiento), donde si alguien no cumple con esta ley, su linaje realmente llega a ser sospechoso.

Dar a los pobres es una obligación en el judaísmo, un deber que no puede ser abandonado incluso por aquellos mismos que están en necesidad. Algunos sabios han dicho que la tzedaká es el más grande de todos los mandamientos, igual que todos ellos juntos, y que una persona que no realiza la tzedaká es equivalente a un idólatra.

Este principio es afirmado también en el Brit Jadashá (Nuevo Testamento), que hace hincapié en que si no damos cuando vemos a un hermano en necesidad material, es dudoso que el amor de Dios habite realmente dentro de nosotros.

“Pero el que tiene bienes en este mundo, y ve a su hermano en necesidad, y le cierra sus entrañas, ¿cómo podrá habitar el amor de Dios en él?” (1 Juan 3:17)

Por supuesto, el Señor premia la compasión y la generosidad. Él promete que cuando damos a los pobres y necesitados, a las viudas y huérfanos, Él nos paga por lo que hemos dado.

“El que da al pobre presta al Señor, y Él le compensará.” (Proverbios 19:17)

Un especial tesoro

“Y hoy el Señor te ha hecho aseverar que has de serle su pueblo especial, como te había prometido, y que obedecerás todos sus mandamientos, a fin de que Él te eleve sobre todas las naciones que ha hecho, para alabanza, renombre y gloria, y seas un pueblo santo para el Señor tu Dios, según ha prometido.” (Deuteronomio 26:18-19)

El Señor promete a Israel en esta Parashá que, si ellos guardan sus mandamientos, serán “Su especial tesoro”, promesa que también se encuentra en Éxodo:

“Ahora pues, si de veras escucháis mi voz y guardáis mi pacto, entonces vosotros seréis objeto de mi predilección entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra, y vosotros me seréis un reino de sacerdotes y una nación santa [mamléjet cohanim vegoi kadosh]…” (Éxodo 19:5-6)

Y a pesar de que ellos han experimentado muchas maldiciones a lo largo de las generaciones, en la Haftará (porción profética), el profeta Isaías le dice a Israel que Dios en su favor y misericordia los exaltará un día, aun en medio de mucha persecución y odio contra ellos:

“Aunque fuiste abandonada y aborrecida, Sin nadie que transitara por ti, yo haré que seas gloria perpetua, la delicia de todas las edades.” (Isaías 60:15)

En el Brit Jadashá, todos los seguidores de Yeshúa son llamados un pueblo especial de Dios. Debido a nuestro pacto con el Dios Todopoderoso a través de la sangre de Yeshúa, tanto judíos como gentiles juntos pueden saber que son la posesión más preciada de Dios.

“Pero vosotros sois linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo por posesión, para que proclaméis las proezas del que os llamó de las tinieblas a su luz admirable.” (1 Pedro 2:9)

En hebreo, la palabra para especial tesoro es segulá (סגולה). El color púrpura en hebreo es sagol (סגול), una palabra que proviene de la misma raíz de letras. ¿Por qué? ¡El púrpura es el color de la realeza!

Como segulá del Señor, somos revestidos en sagol, el color de la realeza. Somos hijos del Rey y Él es nuestro Padre. Él nos valora y atesora. No hay necesidad de buscar calificaciones externas o superficiales. ¡Esta es simplemente nuestra identidad en el Mesías!

Podemos fijarnos en nosotros mismos y decir, no me parezco mucho a un tesoro; soy demasiado bajo o demasiado alto, demasiado gordo o demasiado delgado, no soy bonito o lo suficientemente inteligente como para ser un tesoro.

Podríamos llegar a decir con nuestras emociones, no siento que tenga derecho a ser llamado un tesoro de Dios; tengo tantos defectos y debilidades, tengo que trabajar en mantener mi temperamento; yo aún no soy lo suficientemente disciplinado; no atestiguo lo suficiente, lo que sea que percibamos como nuestra debilidad.

Pero, como dice el apóstol Pablo, no debemos poner la confianza en los atributos de nuestra carne (Filipenses 3:3). Por cierto, si alguien pudiera haber sido calificado como un tesoro por los títulos en su muro y trofeos en su escritorio, habría sido el apóstol Pablo, quien se describió a sí mismo de esta manera:

“…Circuncidado al octavo día; del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo; en cuanto al celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia que hay en la ley, irreprensible.” (Filipenses 3:5-6)

Se consideraba a sí mismo sin mancha en la carne y en su observancia de la Torá; sin embargo, aún no puso valor en todas estas calificaciones externas. En cambio, él puso su confianza en la persona del Mesías:

Pero, ¡cuántas cosas que eran para mí ganancias, las he estimado como pérdida por amor al Mesías! Y ciertamente aun considero todas las cosas como pérdida por la superioridad del conocimiento de Yeshúa el Mesías, mi Señor, por el cual perdí todas las cosas, y las tengo por estiércol, para ganar al Mesías, y ser hallado en Él, no teniendo mi propia justicia, que procede de la ley, sino la que es mediante la fe del Mesías, la justicia que procede de Dios basada en la fe.” (Filipenses 3:7-9)

Aunque Pablo continuó guardando perfectamente la ley, él comprendió que su desempeño sin defectos no podía ser comparado con la justicia que procede de Dios sobre la base de la fe.

Y mientras que nuestro propio desempeño puede no ser tan perfecto como el de Pablo, tenemos que aceptar por fe que, si estamos capacitados para andar en los caminos de Adonai por su Espíritu y ser obedientes, entonces somos en verdad su especial tesoro.

A pesar de nuestros defectos, debilidades e imperfecciones, el Señor nos ama y valora, y podemos decir, “¡Soy realeza, hijo del Rey de Reyes, la segulá del Señor, un especial tesoro!”

Él nos valora porque somos Sus hijos del pacto y cada uno es creado a Su imagen y semejanza. Una chispa de la gloria de Su Shejiná divina está dentro de nosotros.

Si tenemos un billete de $20.000 y se cae accidentalmente en el suelo, se mancha, es pisado, se arruga y se dobla, ¿acaso vale menos de $20.000? No, conserva su valor.

Así también es con nosotros. Muchos de nosotros, sin embargo, no entendemos nuestro valor.

Algunos de nosotros no siempre han sido tratados como un tesoro. Tal vez padres, compañeros de escuela, cónyuges o hermanos en la fe no nos han tratado con honor y respeto. Podemos incluso haber sido abusados o maltratos terriblemente por la gente, como si fuéramos alguien sin importancia.

Pero Dios no nos ve de esta manera. Incluso si hemos estado quebrantados; incluso si nuestro corazón se ha partido en dos o toda nuestra vida está destrozada, todavía seguimos siendo un hermoso tesoro para el Señor, “corona fúlgida en la mano del Señor, y diadema real en la palma de tu Dios.” (Isaías 62:3)

¿Cómo cuidamos los tesoros? Los colocamos en lugares especiales y los guardamos celosamente, los mantenemos en un lugar seguro. ¿Podemos siquiera imaginar el dolor y la ira que Dios siente cuando alguien causa sufrimiento a uno de Su segulá?

Tenemos que dejar estas injusticias y heridas en las manos del Señor que dice que Él nos vindicará. Nuestra única opción es perdonar a aquellos que nos han herido y maltratado.

A veces, cuando no nos vemos a nosotros mismos como valiosos y dignos de respeto, enviamos señales a los demás de que somos inapreciables e indignos. El resultado es que a menudo nos tratarán como tales.

Nuestra percepción de cómo otros nos tratan puede impedirnos avanzar en las promesas de Dios. Por ejemplo, cuando los israelitas se vieron a sí mismos como saltamontes, ¡pensaron que los gigantes en Canaán así les harían!

Pero cuando comenzamos a valorarnos y a respetarnos a nosotros mismos de una manera equilibrada y como lo hace Dios, encontraremos cada vez más que las personas en nuestras vidas nos valoran adecuadamente y nos estiman también.

Parte de nuestra sanación y reparación es una transformación en la forma en que nos vemos a nosotros mismos, sabiendo nuestra identidad en el Mesías como justos, completos, preciosos, valiosos. Recibimos estos preciosos atributos sólo a través de Su Pacto Divino.

Entremos en todo lo que Dios tiene para nosotros, nuestra libertad de la condenación, la libertad de las maldiciones, la alegría indescriptible, y la paz que sobrepasa todo entendimiento.

Todo esto y más se nos ha dado a nosotros a través del Nuevo Pacto, comprado con la sangre preciosa del sin pecado Cordero de Dios, ¡Yeshúa HaMashíaj!

Fuente: messianicbible

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