Parashát Devarim / דברים / Palabras: El Poder de las Palabras

  • 13 de agosto, 2016 | 9 de Av, 5776 | ט באב תשע”ו)
  • Torá: Deuteronomio 1:1-3:22
  • Profetas: Isaías 1:1-27
  • Evangelio: Marcos 14:1-16

Resumen de la Porción

MosesDevarim (דברים) es a la vez el título del último libro del rollo de la Torá y el título de la primera porción de la Torá en este libro. Devarim significa “palabras.” El mundo de habla hispana llama este libro Deuteronomio. El título hebreo del libro proviene de la frase inicial del libro: “Estas son las palabras (devarim) que habló Moisés a todo Israel al otro lado del Jordán, en el desierto…” (Deuteronomio 1:1).

Un antiguo nombre para el libro de Deuteronomio es Mishné Torá (משנה תורה), que significa “repetición de la Torá.” Este es similar al nombre de la Septuaginta griega Deuteronomos, que significa “segunda ley”. El nombre Español Deuteronomio se deriva de Deuteronomos.

El libro de Deuteronomio está dominado por el discurso de despedida de Moisés a los hijos de Israel, instándoles a permanecer fieles al pacto y los preparándolos para entrar en Canaán. Durante el transcurso del libro, Moisés repasa la historia de la entrega de la Torá en el Sinaí y el viaje a la tierra prometida, reitera varias leyes de la Torá e introduce nuevas leyes. El libro parece seguir el patrón general de un antiguo documento de un Documento de trato pactado en el Cercano Oriente.

A medida que estudiamos primera lectura de la semana del libro del Éxodo, los hijos de Israel se ensamblan en las llanuras de Moab, junto al Jordán de Jericó.

Shabat Jazón

Este Shabat es conocido como Shabat Jazón (Shabat de la Visión), donde nos preparamos para Tishá BeAv, recordamos que el Primer Templo fue destruido en Tishá BeAv, debido a la idolatría y la maldad, y el Segundo Templo fue destruido a causa del odio sin fundamento entre los Judíos (y, sobre todo, tal vez, de Yeshúa).

Pero ese no es el final de la historia. Yeshúa regresará a Israel cuando el Tercer Templo esté edificado y haya un retorno nacional a Él, como lo predice el profeta Zacarías.

“Y derramaré sobre la casa de David y sobre los habitantes de Jerusalén espíritu de gracia y de oración, y me mirarán a mí, a quien traspasaron, y llorarán como se llora por causa del unigénito, y se afligirán por Él como quien se aflige por el primogénito.”  (Zacarías 12:10)

¡Oh, cómo esperamos por ese maravilloso día de gracia y corazones transformados!

Devarim: El Poder de las Palabras

“Éstas son las palabras que habló Moisés a todo Israel al otro lado del Jordán en el desierto…” (Deuteronomio 1:1).

La Parashá de la semana pasada (Matot-Masei) concluyó las porciones de la Torá del Libro de Números (Bamidbar) con Israel parado en las orillas del Jordán, listos para cruzar hacia la Tierra Prometida. Esta semana en la ParashatDevarim, empezamos la lectura del quinto de los cinco libros de Moisés, Devarim (Deuteronomio). El libro comienza con: “Estas son las palabras [Devarim] que Moisés habló…”.

¡Las palabras son poderosas! Pueden traer vida y bendición, o muerte y destrucción.

“La muerte y la vida están en poder de la lengua: Lo que escoja, eso comerá.” (Proverbios 18:21)

La misma Torá llama la atención por el poder de las palabras en el primer versículo del primer libro de Moisés, el Génesis: “En el principio [Bereshit], Dios creó” el universo entero con el poder de Sus palabras habladas, “Él dijo, -¡Sea la luz-, y fue la luz!” (Génesis 1:3).

En el Brit Jadashá (Nuevo Pacto), el primer capítulo de Yojanán (Juan) parece reflejar los primeros versículos del Génesis:

“En un principio era el Logos [Palabra], y el Logos estaba ante Dios, y Dios era el Logos.” (Juan 1:1)

Yeshúa, la Palabra Viva de Dios, se hizo carne y habitó entre nosotros.

La Conexión Entre las Palabras y el Desierto de las Jornadas

mosesLa ParashatDevarim, comienza con los hijos de Israel estando a punto de entrar en la Tierra Prometida. Estando de pie en las orillas del Jordán, Moisés sabe que su vida está llegando a su fin, pero antes de su muerte, relata a Israel su historia como comunidad y como nación, y los reprende:

“Entonces el Señor oyó la voz de vuestras palabras, y se airó, y juró diciendo: Ninguno de los hombres de esta perversa generación verá la buena tierra que juré dar a vuestros padres.” (Deuteronomio 1:34-35)

Lo que debería haber sido un viaje de 11 días, sólo 260-270 kilómetros, se convirtió en un ejercicio de 40 estériles años. Anduvieron perdidos por el desierto hasta que murieron todos menos Josué y Caleb.

¿Por qué Moisés desenterró una historia tan antigua y dolorosa?

Tal vez fue una preparación necesaria para abandonar el desierto y cruzar el Jordán a la tierra prometida. Los hijos de Israel, que habían fracasado en poseer la tierra a causa de su propia rebelión y quejas, necesitaban enfrentarse a la verdad, que su pecado les había impedido entrar en la tierra prometida. También tenían que perdonarse a sí mismos con el fin de seguir adelante.

En esencia, Moisés les pidió a los israelitas a examinarse a sí mismos. ¿Cómo fue que llegamos aquí? ¿Cómo es que un viaje de 11 días tomó 40 años? A veces tenemos que hacernos las mismas preguntas con el fin de salir finalmente de nuestro desierto personal.

¿Qué hemos hecho o dicho (o dejamos de hacer o decir) para llegar hasta aquí?

Hay que enfrentarse a la verdad, y no por los demás, sino por nosotros mismos. Como dijo Yeshúa, “y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.” (Juan 8:32)

Los israelitas habían culpado constantemente a Moisés por su experiencia en el desierto. Al final, tuvieron que enfrentarse a la dura verdad: No fue culpa de Moisés; sino que era culpa de ellos. Sus propias actitudes y palabras negativas los mantuvieron en el desierto.

A través de Moisés, Dios le dijo a esta nueva generación, “El Señor nuestro Dios nos habló en Horeb diciendo: Bastante tiempo habéis permanecido en este monte…Ved que pongo la tierra delante de vosotros, entrad y tomad posesión de la tierra que el Señor juró a vuestros padres, a Abraham, a Isaac y a Jacob, que la daría a ellos y a su descendencia después de ellos.” (Deuteronomio 1: 6-8)

La palabra hebrea para permanecido en este verso es shévet, que significa asentarse, permanecer o habitar. Hay un momento para dejar de estar en un solo lugar, una hora de levantarse y seguir adelante en fe.

Pero antes de hacer esto, tenemos que tomar tiempo para mirar nuestro viaje y enfrentarnos a la verdad, arrepentirnos, y determinarnos a ser obedientes. Culpar a otros por nuestras experiencias en el desierto, nunca nos va a mover hacia delante o hacernos libres.

El Poder de las Palabras

“¿Quién es el hombre que desea la vida, que desea muchos días para ver el bien? Guarda tu lengua del mal, y tus labios de hablar engaño.” (Salmo 34:12-13)

¿Quién no quiere ver la bondad de Dios en la tierra de los vivos? ¿Quién no quiere experimentar la vida abundante que Yeshúa ha prometido? Para ello, debemos guardar nuestras palabras de Lashon Hará, que en hebreo significa una mala lengua.

Dios nos quiere usar con palabras para nutrir, animar y edificar al pueblo, no para derribar, criticar y encontrar defectos.

Vemos este principio en Efesios 4:29, 31:

“Ninguna palabra dañina salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, que comunique gracia a los oyentes… Sea quitada de vosotros toda amargura y enojo, e ira, y grito airado y maledicencia, junto con toda maldad”.

Las palabras son importantes, y nunca debemos subestimar su poder.

Esa es una de las razones por las que la Palabra de Dios nos dice nos pongamos nuestra armadura, incluyendo el escudo de la fe para apagar todos los dardos de fuego del maligno (Efesios 6:16).

El Dios de Israel es un refugio de las palabras que han sido habladas maliciosamente:

“Ocúltame de la conjura de los perversos, del tumulto de los que obran iniquidad, que afilan la lengua como espada, y la emplean como saeta envenenada” (Salmo 64:2-3)

Cuando usamos nuestras palabras para criticar, condenar o atropellar a la gente, traemos el mismo juicio sobre nosotros mismos: porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido (Mateo 7:2).

Así que muchos creyentes sinceros son pobres en finanzas, enfermos en su cuerpo, débiles en la fe, y simplemente miserables porque se entregan a hablar palabras duras, son críticos, perversos, o maliciosos.

Para un ejemplo de esto, tenemos que mirar no más allá que en la historia de Miriam, que habló mal en contra de su hermano Moisés, en Parashá Behaalotejá (Números 8:1 – 12:16). Debido a que ella chismeó y habló críticamente de Moisés, fue golpeada con una enfermedad de la piel (tzará’at, lo que se traduce comúnmente como lepra).

En Mateo 12:36, Yeshúa nos advirtió que seremos juzgados por cada palabra ociosa que hablamos:

“Y Yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio.”

El profeta Isaías, como Moisés, entendió qué tipo de impacto pueden tener nuestras palabras en nuestras vidas y en las vidas de los demás.

Mientras veía una visión del Señor sentado en Su trono en el templo, exclamó: “Entonces dije: ¡Ay de mí, muerto soy! ¡Yo, hombre de labios inmundos, que habito en medio de un pueblo de labios inmundos, he visto con mis ojos al Rey, a Adonai Sebaot!”. (Isaías 6:5)

¿Por qué Isaías, el gran profeta de Dios, se siente completamente deshecho en la presencia de Dios? ¿Qué lo llevó a sentir este terrible sentido de su propia maldad, en contraste con la santidad de Dios? Por su propia admisión, era porque él era un hombre de labios impuros y vivía en un pueblo de labios impuros (Isaías 6: 5).

Haftará o Conclusión de Devarim en los Profetas

“¡Lavaos, purificaos, y quitad de mi vista la maldad de vuestras obras! ¡Cesad de hacer el mal! Aprended a hacer lo bueno, buscad la justicia, enderezad al opresor, defended el derecho del huérfano, abogad por la causa de la viuda. Y venid después y estaremos a cuenta, dice el Señor: Aunque vuestros pecados sean como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; aunque sean rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana”. (Isaías 1:16, 18)

La Haftará de esta semana es una de las tres llamadas Haftarot de Reprensión que preceden a Tishá BeAv, un día de ayuno de luto por la destrucción de los dos Sagrados Templos, el primero por medio de los babilonios (586 a.C.) y el segundo por los romanos (70 d.C.).

Aunque separados por cientos de años, los Templos fueron destruidos y Jerusalén conquistada, exactamente en el mismo día. Pero ¿por qué llorar por algo que sucedió hace tanto tiempo? Podría preguntar usted.

Una respuesta es que muchas cosas terribles han sucedido en este día; por ejemplo, la Primera Guerra Mundial comenzó el día 9 (Tishá) del mes de Av. Tishá BeAv y las semanas previas a la misma son, por lo tanto, un período de reflexión sombría y de mucha oración. Es un momento para enfrentarse a la verdad sobre nuestros pecados y pedir el perdón de Dios.

Muchos judíos seculares de hoy no se dan cuenta de que Jerusalén fue derrocada, los Templos destruidos y las personas enviadas al exilio a causa del juicio del pecado de Israel contra Dios. Para la nación de Israel, la corrupción de la moral, fue directamente responsable de la hambruna, la derrota, el exilio y la muerte. En última instancia, los babilonios y romanos eran sólo agentes de Dios en la realización de su juicio.

Los profetas trataron de advertir al pueblo, pero no se arrepintieron:

“Si sois bien dispuestos y obedientes, comeréis lo mejor de la tierra. Pero si rehusáis y os rebeláis, la espada os devorará, porque la boca del Señor lo ha dicho”. (Isaías 1:19-20)

Hoy en día, hay profetas modernos también llamando a la nación para arrepentirse y volver a las normas morales y a la santidad de Dios.

Si seguimos la moral y las normas del mundo, estamos cometiendo el mismo error que llevó a la destrucción de Jerusalén y los Sagrados Templos en Tishá BeAv. Debemos mirar a la destrucción en nuestras vidas, evaluar los daños, y arrepentirnos de los pecados que hemos cometido.

La historia tiende a repetirse dentro de las naciones y de la gente, cuando no aprendemos las lecciones. Como creyentes en Yeshúa, ya no pertenecemos a nosotros mismos; nuestros cuerpos son templo del Ruaj HaKódesh (Espíritu Santo) (1 Corintios 6:19).

Podamos, por lo tanto, estar santificados, lavados y santos (kadosh) en el cuerpo, la mente y el espíritu, para la venida de Yeshúa HaMashíaj (el Mesías).

Fuente: Messianicbible

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