La Divinidad de Yeshúa

Por Tim Hegg

yeshuaY yo, hermanos, si aún predico la circuncisión, ¿por qué padezco persecución todavía? En tal caso se ha quitado el tropiezo de la cruz. (Gálatas 5:11)

Pablo reconoció que predicar la cruz constituía una piedra de tropiezo, particularmente para sus hermanos judíos. Esto lo dice en 1 Corintios 1:23: “pero nosotros predicamos al Mesías crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura; mas para los llamados, así judíos como griegos, el Mesías poder de Dios, y sabiduría de Dios”.

Pablo conocía solamente una manera para que un pecador fuera reconocido como justo ante el Eterno: por la fe en Yeshúa, siendo ésta la única forma efectiva y eterna para expiar el pecado. El razonamiento de Pablo en Gálatas 5:11 es claro: si todavía estuviera predicando que se podría obtener justificación gracias a la condición de “judío” (circunciso), entonces la cruz no sería esencial. Y era el hecho de predicar la cruz como esencial, como el único camino para salvación, lo que constituía una piedra de tropiezo para los judíos.

Recientemente tuve la oportunidad de participar en la reunión anual de la Sociedad de Literatura Bíblica en Washington DC y fuimos confrontados con las verdades descritas en estos versículos. Durante una conversación con un profesor judío, él nos recordó que la principal dificultad que tenía con nosotros, como seguidores de Yeshúa, era ese “hombre en el madero”. A lo que este profesor se refería era precisamente al hecho de la crucifixión de Yeshúa y del lugar central que Él tiene como Mesías sufriente por Su pueblo.

Es muy claro es que si a Yeshúa lo aceptáramos y presentáramos como un sabio muy respetado durante el primer siglo, quien murió por sus convicciones, no habría mayor dificultad. Muchos sabios judíos fueron ejecutados por Roma y son venerados como héroes de la fe judía. Lo que diferencia a Yeshúa de estos “héroes”, ante los ojos del judaísmo moderno, es que los seguidores de Yeshúa decimos que Él es más que un hombre; que es mayor que el más grande de todos los hombres que han existido. Envuelto en el misterio del Mesías Yeshúa encontramos que está muy claro en la Biblia que Él tiene atributos Divinos. En pocas palabras, la dificultad principal que finalmente marca la línea divisoria entre nosotros y el judaísmo rabínico, es que nosotros creemos que Yeshúa es Emmanuel, “Dios con nosotros”. Nosotros creemos que Yeshúa es digno de ser adorado como Dios y el judaísmo rabínico considera tal adoración como idolatría.

Entonces, no es sorprendente que en las comunidades de Torah que se empiezan a formar en nuestros días, el tema de la deidad de Yeshúa sea nuevamente una causa de debate. Debido a que el judaísmo rabínico es la única religión que ha mostrado, a largo plazo, que es posible mantener un estilo de vida de acuerdo a la Torah, nosotros apreciamos profundamente muchas de las tradiciones del judaísmo rabínico, debido a que precisamente estamos tratando de adoptar esa forma de vida. Sin embargo, nos hacemos la pregunta: ¿cómo es posible que la sinagoga tradicional tenga tantas tradiciones de Torah tan bellas y útiles, pero que, al mismo tiempo estén tan equivocados sobre Yeshúa? Desafortunadamente algunos han contestado esta pregunta sugiriendo que la sinagoga tradicional está sólo parcialmente equivocada respecto a Yeshúa. Consideran que están equivocados en no aceptarlo como el Mesías, pero que están en lo correcto al decir que Yeshúa es solamente un hombre y no Dios. De esta manera Yeshúa se presenta como el mayor de todos los sabios que han vivido, un hombre realmente justo, pero de ninguna forma divino. Esta perspectiva pareciera resolver dos dificultades. Primero, elimina una de las principales contiendas que el judaísmo rabínico tiene con los seguidores de Yeshúa, y, segundo, parece resolver uno de los mayores problemas que se presentan al creer en la deidad de Yeshúa: ¿Cómo podemos mantener el monoteísmo (adorar a un solo Dios) y al mismo tiempo creer que Yeshúa es Dios? Para algunos, el creer en la deidad de Yeshúa sugiere que hay más de un Dios.

Sin embargo, el rechazar la deidad de Yeshúa crea problemas mucho más graves de los que aparenta resolver. Primeramente, un Yeshúa no divino no es el Yeshúa que describen las Escrituras, y por lo tanto, no es el Mesías que salva a los pecadores. Por esta causa, no es de asombrarse que aquellos que niegan la deidad de Yeshúa usualmente también enseñan que hay otros medios para obtener la salvación eterna, otros medios distintos al sacrificio, muerte, resurrección, ascensión e intercesión de Yeshúa. En el momento que Yeshúa es considerado sencillamente como un venerable sabio más, Su muerte por los pecadores también pierde todo su valor.

Aunque lo vean como un gran ejemplo de sacrificio personal y de amor, no lo ven como esencial en el plan de salvación de Dios. Por lo tanto, no es raro escuchar que aquellos que han tomado tal posición enseñen que se puede obtener la justificación de Dios a través de un genuino arrepentimiento y cumpliendo los mandamientos.

Las Escrituras dicen algo muy diferente. Juan, en la introducción a su evangelio, escribe: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios” (Juan 1:1). Allí, Juan claramente copia las palabras de Génesis 1:1, “En el principio creó Dios los cielos y la tierra.” Su intención es que nosotros entendamos que de la misma forma en que Moisés empieza la Torah con Dios, de ninguna manera sugiere que Dios mismo tuvo un principio, Juan empieza su evangelio con “en el principio fue el Verbo”, implicando que el Verbo tampoco tuvo un principio. Además, en griego el texto dice literalmente “y el Verbo fue para Dios”, lo que significa que el Verbo tuvo una relación íntima, cara a cara con Dios, una relación que habla de igualdad. Luego, Juan escribe, “y el Verbo era Dios”. Después de expresar la relación entre Dios y el Verbo en la frase “y el Verbo fue para Dios”, Juan presenta el punto inexplicable que “el Verbo era Dios”. En estos dos puntos Juan expresa que el Verbo tiene un carácter claramente individual y que también es absolutamente uno con el Padre. Además, Juan no deja ninguna duda respecto a Quién se refiere al decir “el Verbo”. En el versículo 14 nos da una clara explicación: “y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos Su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y verdad.”

Por supuesto mucho se ha escrito mucho sobre el prólogo del evangelio de Juan y muchos han tratado de encontrar otras formas para explicar estas palabras. Algunos sienten que su declaración en cuanto a la naturaleza divina de Yeshúa es demasiado audaz como para poder ser aceptada por el judaísmo del primer siglo. Los estudios de la literatura judía de ese tiempo, tales como los textos de Melquizedec del Qumran (11Q13), demuestran que otorgarle atributos divinos a una figura humana exaltada está claramente dentro de los límites del pensamiento del judaísmo de la época.

Otro versículo controversial en el prólogo de Juan es el v.18. Aquí las variantes textuales han dado origen a varias traducciones. Por ejemplo, en las traducciones al inglés, la versión KJV (King James Version) dice: “Ningún hombre ha visto a Dios en ningún momento; El unigénito Hijo, quien está en el seno del Padre, Él lo ha declarado.” Pero, algunos de los manuscritos griegos más antiguos dicen, “el unigénito Dios” en lugar de “el unigénito Hijo”. Incluso, la palabra que se traduce como “unigénito” no se refiere tanto al hecho de “nacer”, sino más bien a la condición de “único”. Por lo tanto, la misma palabra griega monogenes se usa para describir a Isaac en Génesis 22:2, en donde dice, “Toma ahora tu hijo, tu único (monogenes), Isaac…”.

La versión NIV (New International Version) traduce correctamente Juan 1:18: “Nadie jamás ha visto a Dios, pero Dios, el Uno y Único, quien está al lado del Padre, lo ha dado a conocer.” Las versiones ESV (English Standard Version), NRSV (New Revised Standard Version) y NASB (New American Standard Version) lo traducen en forma similar. La razón por la cual estos traductores decidieron usar “el unigénito Dios” en lugar de “el unigénito Hijo” es porque el peso de la evidencia del manuscrito favorece esta forma. Aquí, tanto como en el primer versículo del prólogo (formando una estructura literaria envolvente, conocida como inclusio), Juan, sin más explicación, se refiere claramente a Yeshúa como Dios existente en el seno del Padre. (La traducción literal del griego corresponde a la traducción de la versión NIV que dice “al lado del Padre”.) Por supuesto, Juan no es el único que registra tales declaraciones tan explícitas sobre la divinidad de la naturaleza de Yeshúa. Pablo también incorpora a sus epístolas dos himnos que aparentemente eran muy conocidos entre las congregaciones de la secta de “El Camino”: 1 Timoteo 3:16 y Filipenses 2:6-11. El himno en Primera de Timoteo habla de Yeshúa como “Dios manifiesto en la carne”, que significa que ha sido revelado como un ser humano. El hecho de que hable sobre Yeshúa como “manifestado” enfatiza el hecho de que Yeshúa existía antes de nacer en Belén. Esto corresponde a las propias palabras de Yeshúa cuando dijo, “Antes que Abraham fuese, Yo soy” (Juan 8:58). Él no dijo, “Antes que Abraham fuese, Yo fui” sino “Yo soy”. La reacción de las personas que recogieron piedras para matar a Yeshúa en este relato, dejan claro que Sus palabras al decir “Yo soy” fueron bien entendidas como una aseveración de ser eterno. Este es uno de los puntos que de forma muy clara se hacen evidentes en el segundo himno al que Pablo hace referencia en su epístola a los Filipenses. Este himno habla de Yeshúa derramándose a Sí mismo como un sacrificio. Después de establecer el hecho de que Yeshúa existió en “forma de Dios”, el himno sigue hablando sobre su encarnación como un verdadero ser humano (no un tipo de súper-hombre o alguna “apariencia” de ser humano) quien se hizo “obediente hasta la muerte”.

En el hecho de ser verdaderamente humano, Yeshúa tenía una condición única, en el sentido de que ésto le permitió hacerse “obediente hasta la muerte”. Nadie, que haya heredado la naturaleza caída de Adán, tiene la opción de decidir si puede o no someterse a la muerte. La muerte as inevitable para todos nosotros (Hebreos 9:27). Ese no fue el caso de Yeshúa. La muerte no pudo retenerlo. Para Él, el hecho de morir, fue por lo tanto un acto de Su propia soberanía y decisión. Además, debido a que Él se sujetó voluntariamente a la muerte, al peor tipo de muerte, pues fue ejecutado como un criminal castigado por crucifixión, Yeshúa fue altamente exaltado y se le concedió u otorgó el “nombre sobre todo nombre” (Filipenses 2:9). Pablo es muy cuidadoso al escoger sus palabras, pues no escribe que se le “dio” un nombre sino que se le “otorgó” (charizomai) este nombre, mostrando más bien la idea de que la gloria que Él tenía con el Padre antes de la fundación del mundo (cf. Juan 17:5) fue restaurada. Yeshúa existe desde la eternidad. No tiene principio. No era conocido como lo conocemos ahora, que murió, resucitó de entre los muertos y ascendió a la diestra del Padre en lo alto. Fue a través de Su humillación que sería para siempre conocido como Él que posee un “nombre sobre todo nombre”.

Y, ¿cuál es ese nombre? Filipenses 2:11, nos dice que “toda lengua confiese que Yeshúa Mesías es Señor (kurios)”.

La palabra kurios puede entenderse simplemente como “Amo” o “Señor”, y los judíos creyentes del primer siglo no podrían pasar por alto el hecho de que en la Septuaginta (traducción al griego del Tanak), kurios es la palabra griega más utilizada para traducir el Nombre inefable, el Tetragrama (Y-H-V-H). ¿No es este el Nombre más alto de todos los nombres? Y es por este nombre que el Mesías resucitado y exaltado se conoce ahora. Por esta razón, Pablo nos dice que “en el nombre de Yeshúa se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra.” (Filipenses 2:10). ¡Por supuesto que sí! Yeshúa es digno de ser adorado y, como tal, Él es uno con el Padre, llevando el Nombre, por lo cual entendemos y confesamos que Él plenamente participa de todos los atributos divinos revelados en el Nombre.

Esta creencia central de los apóstoles se encuentra también en otros contextos. Pablo escribe a Tito con relación a la esperanza del retorno de Yeshúa de la siguiente manera: “aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador, Mesías Yeshúa, quien se dio a Sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para Sí un pueblo propio, celoso de buenas obras.” (Tito 2:13-14)

La construcción en griego de esta asombrosa declaración hace énfasis en el hecho de que tanto la palabra “Dios” como la palabra “Salvador” se refieren al “Mesías Yeshúa”, en la primera parte del versículo 13. De igual manera, en los manuscritos griegos más antiguos de Hechos 20:28, donde Pablo exhorta a los ancianos de Éfeso a “pastorear la ekklesia (asamblea) de Dios, la cual Él compró con Su sangre.” Este texto claramente nos dice que para Pablo, la naturaleza divina de Yeshúa era un hecho bien establecido en su propio entendimiento y teología. De la misma forma, en Romanos.9:5 la gramática del griego favorece el entendimiento del uso que Pablo le da a la palabra “Dios” (theos) para referirse a Yeshúa: “de quienes son los patriarcas, y de los cuales, según la carne, vino el Mesías, El cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén.”

En pocas palabras: si aceptamos las Escrituras Apostólicas como la Palabra inspirada de Dios, entonces también aceptamos, sin reserva, la completa deidad del Mesías, Yeshúa. Esto no significa que podamos explicar cómo es ésto posible o que podamos describir las realidades ontológicas que tal confesión implica. No estamos tratando de resolver el misterio de cómo Dios pudo tomar la forma de un ser humano, o cómo, al derramarse a Sí mismo como un sacrificio, el Dios que no cambia pudo sufrir en las manos de una humanidad mutable, pecadora y mortal. Desde una perspectiva hebraica, mantenemos este misterio y la tensión que provoca como una verdad inexplicable. Lo que no podemos completamente explicar, lo podemos confesar que es verdad. En medio de las controversias Cristológicas que han aparecido dentro del movimiento de Torah, nosotros en “Torah Resource” queremos que todos sepan exactamente cuál es nuestra posición en este tema tan vital. Completamente afirmamos la deidad de Yeshúa tanto como su total humanidad.

Creemos que Él ha existido desde toda la eternidad, sin principio y sin fin, y que Él no es el producto de la creación sino que es el Creador mismo (Juan 1:3, Colosenses 1:16-17). Creemos que en el tiempo determinado por el Padre, Yeshúa fue concebido por el poder milagroso del Espíritu dentro de Miriam (María), una virgen desposada a José. Creemos que Él nació, como lo relatan los evangelios, que vivió, sufrió y murió como hombre, como escribieron los escritores de los evangelios. Creemos que, tal y como Él lo dijo, Él resucitó al tercer día, y que le apareció a muchas personas durante el período de la cuenta del omer y que ascendió al cielo en donde ahora mora a la diestra del Padre, intercediendo por todos los suyos. Como el exaltado Hijo de Dios, Él es ese Hijo de Hombre del que Daniel habla (Daniel 7:13f), quien reina en gloria, y Quien es por lo tanto digno de nuestra adoración y alabanza y que conforme le damos nuestra adoración a Él, le damos la gloria al Padre (Filipenses 2:11). También creemos que Yeshúa regresará a esta tierra conforme a la providencia soberana de Dios, y que reunirá a todos los que son verdaderamente Suyos y que reinará en Jerusalén como el Rey Davídico de acuerdo con las palabras de los profetas y apóstoles. Como tal, creemos que Yeshúa es el único camino de salvación para cualquier ser humano que sea redimido (Hechos 4:12) y que aparte de Él, no es posible ninguna salvación eterna o un lugar en el mundo por venir.

Fuente: Tomado de Newsletter February 2007, center article: “The Deity of Yeshua” por Tim Hegg. Página web: www.torahresource.com. Traducción libre de Astrid de Pérez ([email protected]), revisado por Mario Aragón ([email protected]). Guatemala, febrero del 2007.

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